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viernes, 17 de septiembre de 2010

Construcción de identidad en América Latina

Buenas noches. Intentaré dar un mínimo esbozo de las posturas que se encuentran a favor y en contra del indigenismo, y de las que se encuentran favorables al mestizaje en relación a la construcción de la identidad en América Latina. Pero para ello, primero es necesario presentar el contexto en que estas posturas confluyen sobre esta región del continente... 

Si pudiésemos identificar y posteriormente ampliar los siete Chiles que Mariano Latorre nos presenta en su libro “Chile: país de rincones”, a América Latina en su conjunto, no seria suficiente para dar una descripción detallada de ésta. Este continente[1] geográficamente posee desde el desierto más árido del mundo a grandes extensiones de bosques vírgenes en la selva Amazónica, que es considerada pulmón del mundo. Esta extensión de tierra está ubicada entre dos mares, verticalmente la cruza la cordillera de los Andes, la cual termina sumergiéndose en el océano austral de Chile. En esta ingente elevación de terreno se desarrolló culturas tan asombrosas como la inca. Este continente posee una amplia variedad de características geográficas y climáticas que permitieron el desarrollo de diversas culturas que se vieron enfrentadas de golpe en 1492 a un invasor que los obligó a “modernizarse” con la punta de la espada cuando al mismo tiempo eran excluidos por no ser puros ni civilizados. 

Como dije anteriormente la geografía permitió el desarrollo de una amplia gama de culturas que aprovecharon las condiciones naturales para subsistir durante siglos. Los españoles, cuando llegaron al continente, lo dividieron políticamente según sus necesidades mercantilistas de acumulación y exportación de materias primas que tenían como destino puertos europeos. Esta división política realizada por los españoles para satisfacer sus necesidades económicas, tuvo la característica particular de encerrar dentro de ciertos límites, culturas o población de diversas etnias. 

Estos límites variaron muy poco con las posteriores independencias que ocurrieron en los siglos venideros. Es este el motivo de que ocurriera que los Estados son los que dan nacimiento a las naciones en América Latina, a la inversa de lo que ocurrió en Europa. 

Por su parte, la principal característica de la conquista lusa fue la inmigración forzada de africanos para trabajar en los campos y minas del territorio que dominaban. Por último, el principal encuentro biológico y cultural de etnias que se dio en el continente fue el mestizaje, proceso transcultural desarrollado tanto por hispanos y lusos que complejizan la construcción de identidad. En síntesis la construcción de identidad se complejiza con la problemática del africano a la cuestión étnica que existía previa a su llegada. 

El concepto identidad presupone la existencia de otros que tienen modos de vida diferentes, como plantea Jorge Larrain, poseen valores, costumbres e ideas diversas. Para autodefinirse es necesario acentuar las diferencias con los otros. En este aspecto la definición de sí mismo siempre implica una distinción respecto de los valores, características y modos de vida de los otros: algunos grupos, valores y costumbres se presentan como fuera de la comunidad. Así surge la idea de “nosotros” en tanto diferentes de “ellos”. A menudo, a fin de definir lo que se considera propio, se exageran las diferencias con lo que se considera ajeno. En estos casos, el proceso normal de diferenciación se transforma en un proceso de oposición y hostilidad contra el otro. El proceso de diferenciación de los otros resulta indispensable para construir la identidad propia; en cambio no lo es la oposición hostil hacia otros, pues la hostilidad constituye un peligro de los procesos de construcción de identidad 

La diferenciación con los otros ha existido siempre en todos los procesos de construcción de identidad y también está determinada de manera cultural. Numerosos ejemplos históricos de identificación en los que la oposición al otro se exagera hasta el punto de fomentar la exclusión[2] en diversos grados (forma de hablar, educación, color de piel, religión, etnia, etc.): de una diferencia se puede pasar a la desconfianza; de la desconfianza, a la franca hostilidad, y de ahí a la agresión. Este proceso de exclusión cada vez mayor no es necesario en si mismo, pero ha sucedido demasiadas veces como para que se le ignore como una posibilidad remota. 

Antes de explorar en las identidades nacionales o regionales, debemos captar la relación que existe entre las identidades personales y las colectivas. Lo primero sobre esta distinción es que las identidades personales y colectivas son mutuamente necesarias y están interrelacionadas. No puede haber identidades colectivas sin identidades individuales, ni viceversa. Ello significa que, aunque sin duda hay una distinción analítica entre las dos, no se las puede concebir aparte y atomizarlas como entidades existentes por sí mismas sin una referencia recíproca. Esto se debe a que los individuos no pueden concebirse como entidades aisladas y opuestas al mundo social percibido como una realidad externa. Los individuos se definen en sus relaciones sociales y la sociedad se reproduce y cambia a través de las acciones individuales. Las identidades personales son configuradas por las identidades colectivas culturalmente definidas, pero estas a su vez no pueden existir separadas de los individuos. 

La pregunta sobre la identidad no es sólo ¿quiénes somos? sino también ¿quiénes queremos ser? “En este sentido, Habermas considera que la identidad no es algo dado previamente, sino también, y de manera simultánea, es nuestro propio proyecto”[3]. 

En base a lo anterior, en base a ¿querer ser?, desde el siglo XIX en adelante la búsqueda de la Modernidad es parte de la construcción de la identidad Latinoamericana. Lo moderno es un cierto modo de vivir, querer llegar a tener una cierta organización social, una totalidad llamada “civilización” que nace en la Europa del siglo XVII y se expande más allá del continente europeo, masificándose el eurocentrismo. En este contexto se desarrollan las dualidades civilización/barbarie, ciudad/campo, europero/americano, bueno/malo entre otras. Son en estas dualidades donde se desenvuelven teóricos a favor o en contra del indígena y del mestizo americano en búsqueda de la Modernidad, en búsqueda del Estado que crea la nación, construyendo la identidad Latinoamericana entre tres aristas: criollos, indígenas y mestizos, y que se cruzan en muy pocos puntos. Se dan corrientes xenofílicas y xenofóbicas, intelectuales y políticos del siglo XIX manifiestan su admiración por lo extranjero, como Norteamérica y Europa, aunque también desconfianza por parte de otros. 

La clase criolla, en el siglo XIX fue dándole forma a este Estado en busca de lo moderno. Una superestructura estatal capaz de forjar un sentimiento nacional, la nacionalidad. Un poder que se expanda y se haga sentir. 

Entre las corrientes anti indigenistas y mestizas, Vilfredo Pareto nos presenta una visión amplia para luego entrar en detalle con Sarmiento y Alberdi. Pareto dice que “el espíritu civilizado quiere decir que es justo y provechoso para todos que unos pueblos manden y que otros, los bárbaros, obedezcan. Como esto es un “deber”, de él se concluye una serie de valores morales; por ejemplo, el civilizado que defiende su patria (belga, francés, inglés) es un héroe, pero el africano que osa hacer lo mismo contra esas naciones en un rebelde y un traidor.[4] 

La idea del “proceso civilizatorio” se impone en el siglo XIX a través de la noción de progreso. El progreso orienta la configuración de una identidad futura, del querer ser. Este querer ser es el otro bueno. “El argentino sebe ser el yanqui de América, decía Alberdi. Seamos Estados Unidos coreaba Sarmiento. La barbarie es la anti figura, es la identidad rechazada, perseguida. Las señas personales que hay que borrar, las huellas que hay que hacer desaparecer”.[5] 

El criollismo encarna el mito liberal: se opone a las oligarquías, pero no por ellos es democrático. Busca en cambio para desplazar del poder tanto al peninsular como al conservador local. El criollo esta en contra del mestizaje. De el provendrían los defectos que lastran el progreso: la ociosidad, la capacidad industrial, la barbarie. Es la aspiración a una “Argentina blanca” que se encuentra en Sarmiento, Alberdi y Florentino Ameghio. (Rojas Mix : 1991). 

Sarmiento designará al indio y a las oligarquías rurales, principales agentes de barbarie. Este es un criollo bárbaro, no un criollo civilizado, un criollo urbano. En Sarmiento la idea civilizadora es un proyecto de urbanización, la ciudad representa lo moderno. La oposición civilización/barbarie es, a la vez, la contradicción de dos identidades: la europea y la americana. Alberdi y Sarmiento concuerdan que la patria es Europa. Hablan que son europeos de raza y de civilización, que son los dueños de de América. Sarmiento identifica dos civilizaciones diversas que hace imposible que convivan: una española, europea, civilizada; la otra bárbara, americana, casi indígena. 

Que el salvaje debía desaparecer frente la civilización y el progreso era una idea corriente en esa época. Ejemplo que lo consiguieron en algunos sectores del continente es la Patagonia. Querían el terreno de los Yaganes, Alacalufes y Onas para el ganado lanar. La barbarie del genocidio no tuvo límites. Se pagaba una libra esterlina por orejas, hubo masacres con armas de fuego y envenenamientos masivos hasta extinguir los indígenas de la Patagonia. 

Otra arista para entender la construcción de identidad en América Latina es la que desarrollan teóricos a favor del mestizaje. Las teorías de mestizajes se desarrollan sobre todo en México y tiene por ideólogos a Justo Sierra en el siglo XIX y a Vasconcelos en el siguiente. Este proyecto se institucionaliza con la revolución mexicana. En su tesis Sierra afirma que el mestizo es el grupo social mas apto para el progreso, para la transformación social, y que de él ha de surgir la burguesía liberal positivista. Se basa en que la historia lo ha comprobado. El indio no es un iniciador y los criollos resultan retrógrados. Es el mestizaje el que ha quebrado el poder del clero y de las castas. Por eso es el mestizo el factor dinámico de la nacionalidad. La Tesis del mestizaje atribuye a ciertos elementos de la población la capacidad o características que no poseen y que si las tienen son ajenos a los factores biológicos o culturales que los definen, elementos que son arbitrarios. La lucha por la movilidad social en algunos países es la lucha por el “blanqueamiento” en sociedades donde ha existido esclavitud. Lo social y lo étnico va muchas veces juntas en América Latina. Ha habido xenofilia en nuestras elites latinoamericanas. Los criterios son arbitrarios. Siendo así el mestizaje no es suficiente para hablar de integración racial. 

El novelista y etnólogo peruano José María Arguedas es uno de lso emblemáticos expositores de la corriente indigenista, la cual reestructura durante su vida de acuerdo a la estructura social y cultural de su país. Es heredero del pensamiento de Mariátegui. Es de espíritu rebelde y reivindicativo, de nítida militancia social, pero sobre todo hará suyo el ferviente espíritu nacionalista peruano. Desarrolla una literatura en que opone la brutalidad de los patrones feudales a la justicia de los reclamos de los indígenas, tratando de plasmar de forma simple y a la vez ferviente la realidad de las “aldeas” de Sierra. “El modo en que Arguedas se definirá respecto del indigenismo varía, del que estará adentro y a fuera, dependerá de las ingentes alteraciones que se producen en las comunidades indígenas peruanas que sufren una violenta descongelación provocado por un capitalismo modernizado.”[6] 

El término indigenismo se refirió a una formulación local referida a la problemática cultural de la región, de esa tendencia generalizada, regionalista, criolllista, nativista, que se posesionó de América Latina posterior a mil novecientos. En el siglo XX identifica tres periodos indigenistas: el primer periodo corresponde a mil novecientos, donde de a poco se afirma la corriente en oposición a la corriente hispana. 

Ocurre un reconocimiento de la antigua cultura inca que en ese tiempo estaba siendo revelada por los hallazgos arqueológicos y bibliográficos. El segundo periodo es el central, en el se impone de manera beligerante la reivindicación social y económica del indígena. “Se insta a los escritores y artistas a tomar como tema el Perú contemporáneo y se genera una nutrida producción sobre el indio miserable, maltratado y expoliado”.[7] El tercer y último periodo del indigenismo se distinguiría por su esfuerzo para subsanar las carencias anotadas. Este tercer indigenismo tendrá una dominante nota “culturalista” y ya no rotará exclusivamente sobre el indígena, con lo cual su misma denominación empezará a ser cuestionable. El concepto indigenismo busca alcanzar una coincidencia con el de peruanidad. La tercera etapa descubrirá al mestizo y la descripción de su propia cultura, distinta de la indígena de la cual provenía. Este último indigenismo se considera el más cabal. 
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[1] Ocuparé el concepto de “continente” para referirme a A. L. puesto que forma parte del supercontinente América y tiene las características para ser considerado como tal. Continente: La palabra viene del latín continere, que significa “mantener juntos” y deriva del continens terra, “las tierras continuas”. Literalmente, el término se refiere a una gran extensión continua de tierra en la superficie del globo terrestre. Sin embargo, esta definición estrictamente geográfica es frecuentemente modificada de acuerdo a criterios históricos y culturales. No existe una definición única de continente y por ello en distintos ámbitos culturales y científicos hay listas diferentes de continentes. 
[2] O la inclusión excluyente por necesidad del sistema. Ejemplo de esto es la inclusión forzada de la región habitada por la nación Mapuche para así no dividir a Chile en dos mitades. O bien otro ejemplo sería lo que plantea la teoría de la dependencia en que no subsiste el centro sin la periferia, ni viceversa. 
[3] Jorge Larrain: Identidad y modernidad en América Latina. Ciudad de Mexico, Océano, 2004: 29-63. 
[4] Citado por Mariátegui, José Carlos, Obras Completas, t. XIII, pp. 23-24. 
[5] Miguel Rojas Mix: Los cien nombres de América. Barcelona, Lumen, 1991: 87-115. 
[6] Ángel Rama: “Introducción” de José María Arguedas: Formación de una cultura nacional indoamericana. Ciudad de México, Siglo XXI, 1981: IX-XXIV. 
[7] Ángel Rama: “Introducción” de José María Arguedas: Formación de una cultura nacional indoamericana. Ciudad de México, Siglo XXI, 1981: IX-XXIV.


2 comentarios:

  1. Muy bueno el blog, ambos compartimos el deseo de difundir y hacer conocer nuestras experiencias,y el conocimiento que adquirimos en tanto sociologos, un abrazo

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  2. Gracias por las palabras, solo trato de aportar. Seguimos en contacto

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